Conocí a Alberto María Saavedra por el año setenta, cuando me empeñaba
en ser Rover Scout. Trabajé con él en su constructora una temporada.
Mi chamba consistía en tramitar permisos de construcción y llenar formatos
de declaraciones fiscales. E intentar alguna operación de comercio exterior
que nunca se concretó. Arquitecto de profesión, un hombre sencillo de
gran talento en su actividad, Alberto no se dejaba llevar por las llamadas
de atención de su esposa, Mercy, con título de Doctora en Derecho de
la Universidad de La Habana, cuando llegaba a casa con los zapatos llenos
de mezcla de la obra. Pronto supe que en el auto llevaba un par destinado
a visitar todos los rincones de las casas y edificios que diseñaba y
construía. Sus "maistros" y albañiles le tenían especial respeto
por su trato decente y caballeroso, algo raro en medio.el
Como
patrón era generoso conmigo. Me enseñaba de todo constantemente, construir,
urbanismo, ecología citadina, humanismo aplicado. Era y sigue siendo
un scout todos los días. Alguien en quien se puede confiar con los ojos
cerrados. Alberto siempre me pareció un viejo lobo (que lo había sido)
a quien había que oír y seguir. Desde entonces sabía ya mucho de la
vida y lo mostraba y compartía.
Con
frecuencia me llevaba a comer a su casa, un espacio en las Lomas de
Chapultepec que en realidad era, es, un ideal de casa habitación para
cualquiera (una sala central con acceso a las recamaras y comedor en
la cocina, en donde se servía, se sirve, comida con total influencia
cubana). Lo demás era jardín, dos perros, paz y esa sensación de confort
con la vida que Alberto ha sabido transmitir a quienes lo conocemos.
Ahora se me ocurre pensar que mi idea de hogar está muy relacionada
con el hábitat de Alberto y Mercy.
Muy
tarde me enteré que inauguraba una exposición de pintura en un día siete
a finales del año 2000, la que sólo visité hasta entrada la semana de
su permanencia en el Centro Asturiano. Mi sorpresa fue tan grande como
la dimensión de la exposición. No lo digo por los cuarenta cuadros expuestos
y su formato. Era una exposición grande por lo que de luz salía de cada
cuadro y por la capacidad de observación y de plasmar lo visto que se
reflejaba en cada escena.
Yo
no soy ningún experto en arte, solo me gusta y me impresiona. Alberto
dice en su presentación que a él le gusta saber que impacta en la vida
de quienes ven sus cuadros. A mí me llenó de ese éxtasis de quien se
maravilla al contemplar no sólo una obra de arte, sino el poder meterse
en el paisaje y saber que es real, que se puede estar en el lugar. En
la obra del acuarelista Saavedra encontré luz por todos lados, viniendo
del sol y reflejándose en el agua y en su transparencia; vi luz matizando
rocas y plantas y al agua misma, agua de sierra que los scouts tanto
conocemos y agua de mar, mares vivos agitados por el viento con furia
que ahí estaba en el cuadro.
Bueno,
Alberto es mi amigo de mucho tiempo y mi hermano Scout. Creo que es
un magnífico pintor, que ha sabido encerrar la tranquilidad de su espíritu
en su pintura. Es un profesional con una gran trayectoria que sirve
de ejemplo a sus colegas y a sus amigos. A mí me impresiona su persona
gentil y generosa y su muy especial y siempre presente alegría. Alberto
es un hombre feliz. La verdad, creo que quisiera ser algún día como
él. Esta es una de esas cosas que se deben decir en vida de la gente
y no me quise quedar con las ganas.
Alberto
María Saavedra: un Rover orgullo del Grupo Siete.
Semblanza escrita
en el mes de febrero de 2001.
Por Ernesto Pirsch Vidal
R.S.
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