Mario Luis
Nava Ramírez, "Amadito" vivió 15 años
y la mitad de su vida fue lobato y scout del Grupo VII. Todos estuvimos
presentes y él nos acompañó. El 15 de octubre de
1982, en ceremonia inédita y solemne le fueron entregadas su
segunda barra y el cordón de guía de patrulla.
De muy
pequeño, su tío, Amado Ramírez, antiguo Búho
y ex Jefe de Tropa lo llevó a la manada del grupo, de ahí
lo de "Amadito", de hecho fue rara la ocasión en que
se le llamó por su nombre. Su estadía en la Patrulla Búhos
no pudo haber sido en mejor momento, crisis, nada raro, pero con Amadito
al frente no se sintió. Sin cordón de guía, pero
con la camiseta bien puesta. Había nacido scout y estaba escrito
que dejaría huella a su paso por la tropa Roland Philipps. Era
alto, fuerte, temerario y le gustaba la velocidad, pero sobre todo tenía
un espíritu que contagiaba.
En ese
entonces no éramos muchos, pero teníamos a Amadito. El
inicio de la década de los 80 no hubiera sido lo mismo sin él.
No había tropa que desconociera el poderío de ese reducido
número de scouts y Amadito representaba el 50 por ciento de todos
nosotros. La "llave" era una de nuestras mayores diversiones
y Amadito nuestro pilar insustituible. En el antiguo local del Grupo
8, ubicado en Ángel Urraza y Avenida Coyoacán no pudieron
arrebatarnos ni un punto, sumando a esto el arrastrón y un brazo
roto de un scout del 8. El Grupo XIV de Chapultepec también sufrió
varias derrotas y nunca pudo con nosotros. Ni ante el mismo Clan del
VII con Hunter Pitman y gigantes sucumbimos o mejor dicho sucumbió
Amadito, porque a pesar de que éste era nuestro juego, para todos
importante y diverso en la manera de conceptualizarlo, no dejaba de
tener un significado muy particular para él. La llave en sus
manos pasaba a formar parte de sus poderosos brazos hasta que rebasaba
la línea de "sus" contrincantes. Nunca perdimos un
juego.
Su último
campamento fue un Regional en el cual arrasó la Tropa del VII,
el irreconciliable 1, 2, 3. Antes de la ceremonia de premiación
y revista de uniformes corríamos al valle donde se llevaría
a cabo la clausura del campamento. Alguien le dijo: -ˇtus borlas!- y
notó que las había olvidado. Con su sonrisa de siempre
simplemente las sustituyó por dos hojas de un árbol y
santo remedio. Uniforme completo. En el futuro éste recurso fue
muy socorrido y todos lo llegamos a utilizar permaneciendo como una
contribución de su espíritu, a veces indomable, pero siempre
noble y a veces, un poco loco.
Un martes
por la noche antes de iniciar junta de guías llevó un
rifle de diábolos. Le gustaban las emociones fuertes. Apuntó
a la sien de Juan Daniel, jaló el gatillo y no sucedió
nada. Disparó de nuevo pero esta vez hacia arriba y una posta
se incrustó en el techo. Creo que durante esa junta Juan Daniel
nunca supo si realmente seguía vivo.
La velocidad
era otra de sus temeridades y el vértigo que producía
el ser su acompañante no tenía comparación. Jamás
chocó y a la par de las complicadas maniobras que realizaba sobre
el asfalto, su copiloto, un pequeño hámster blanco, que
viajaba a través de las mangas de su uniforme, salía por
el cuello de su camisola y brincaba sobre el volante y la palanca de
velocidades. Así era Amadito y el riesgo de ser su amigo. Inconscientemente
podía poner en peligro su vida propia y la de los demás,
pero en sus cabales protegía a todos, sobre todo a los más
pequeños. Tal vez porque siempre fue un niño.
No había
tronco pesado para las construcciones que Amadito no pudiera cargar
y sostener hasta que acabáramos el amarre. No había juego
de destreza en el que se le pudiera superar. Fuerza y temple en su persona
que complementaba con mucha chispa, una chispa que encendió la
fogata de nuestros corazones durante el tiempo que nos fue permitido
contar con su presencia. Tenía 15 años de edad, pero de
eso sólo nos dimos cuenta hasta que partió.
Todos estuvimos
presentes y él nos acompañó. Jorge de la Parra,
el entonces Jefe de Tropa le entregó su segunda barra y cordón
de guía estando él ya postrado en su lecho de muerte.
Fue guía sin cordón porque Dios lo llamó. Es difícil
olvidar la noche y madrugada en que uniformados hicimos guardia a su
lado. Tampoco se borra de mi memoria la petición de su familia
a la mañana siguiente de ser nosotros quienes llevaran sus restos
a hombros hasta su último lugar de descanso. Indudablemente lo
más difícil fue cantar "Taps". Vivió
intensamente y nos dejó como legado el verdadero concepto de
la alegría, en un premio que se otorga al scout de la tropa que
demuestra mayor entrega y chispa, el "Espíritu de Amadito".
Lo representa un pequeño Búho de su propiedad que se lleva
al cuello, sobre la pañoleta azul de nuestros recuerdos.
Podemos
perder todo en esta vida, pero jamás la alegría que la
vida nos exige, simple y sencillamente por habérsenos dado la
oportunidad de vivir en este mundo. Amadito no estuvo mucho tiempo entre
nosotros, pero fue scout más tiempo que cualquier otro. El mensaje
de su paso por el Grupo VII fue muy claro: "El scout siempre ríe".
Del jueves
14 de octubre de 1982 en adelante ninguna llave volvió a ser
la misma, primero porque hubo un luto en el juego y segundo porque sin
él, se los aseguro hubiéramos perdido, cosa que Amadito
jamás nos hubiera perdonado.

Semblanza
escrita en abril de 2001.
Iván
Guerra Villasana R.S.
Rino Vigoña
Principio
Volver
a Biografías